Glóbulos blancos


Tipos de glóbulos blancos


A diferencia de los glóbulos rojos, los glóbulos blancos o leucocitos poseen núcleo y no contienen hemoglobina. Los glóbulos blancos se clasifican como granulares o agranulares, dependiendo de si tienen gránulos (vesículas) visibles por técnicas de tinción. Los granulocitos incluyen a los neutrófilos, eosinófilos y basófilos; los leucocitos agranulares incluyen a los linfocitos y monocifots. Los monocitos y granulocitos se desarrollan desde una célula madre mieloide y los linfocitos de una célula madre linfoide.

GRANULOCITOS



Tras la tinción, cada uno de los tres tipos de granulocitos exponen llamativos gránulos de distinta coloración que pueden ser reconocidos al microscopio óptico. Los gránulos grandes y uniformes de los eosinófilos presentan eosinofilia (afinidad por la eosina), es decir, se tiñen de rojo-anaranjado con colorantes ácidos.

Los gránulos normalmente no cubren u ocultan el núcleo, el cual suele mostrar dos lóbulos conectados por una gruesa hebra de cromatina. Los gránulos redondeados y de variable de tamaño de los basófilos presentan basofilia, es decir, afinidad por los colorantes básicos, y se tiñen de azul-violáceo con éstos.

Los gránulos de un neutrófilo son menores, se distribuyen en forma pareja, y su color es violeta claro; el núcleo presenta de dos a cinco lóbulos, conectados por finas hembras de cromatina. A medida que las células envejecen, el número de lóbulos nucleares aumenta. Dado que los neutrófilos más antiguos tienen lóbulos nucleares de formas diferentes, suelen se llamados polimorfonucleares (PMN) o polimorfos. Los neutrófilos más jóvenes suelen denominarse en cayado (en banda), porque sus núcleos tienen forma de bastón.

AGRANULOCITOS



A pesar de que los llamados agranulocitos poseen gránulos citoplasmáticos, éstos no son visibles en un microscopio óptico por su escaso tamaño y limitada capacidad de tinción

El núcleo de un linfocito es redondo o levemente hendido, y se tiñe de forma intensa. El citoplasma se tiñe de celeste y forma un reborde alrededor del núcleo. Cuanto más grande es la célula, más citoplasma se puede ver. Los linfocitos se clasifican como pequeños o grandes según el diámetro celular: 6-9 micrometros en los pequeños, y 10-14 micrometros en los linfocitos grandes.

Pese a que el significado de la diferencia de tamaño entre linfocitos grandes y pequeños no está clara, la distinción es, de todas formas, clínicamente útil porque el incremento en el número de linfocitos grandes tiene importancia diagnóstica de infecciones virales agudas y en ciertas inmunodeficiencias.

Los monocitos poseen un diámetro de entre 12-20 micrometros. El núcleo de un monocito posee forma de riñón o herradura, y el citoplasma es azul-grisaceo y de apariencia espumosa. El color y la apriencia son debidos a sus finos gránulos azurófilos, conformados por lisosomas. La sangre transporta monocitos desde la circulación a los tejidos, donde aumentan de tamaño y se diferencian a macrófagos.

Algunos se transforman en macrófagos fijos, lo que significa que residen en un tejido particular, ejemplos de éstos son los macrógafos alveolares de los pulmones, los macrófagos del bazo, y las células reticuloendoteliales estrelladas (de Kupffer) del hígado. Otros se vuelven macrófagos circulantes, vagan por los tejidos y se acumulan en focos de infección o inflamación.

Los glóbulos blancos y otras células nucleadas del cuerpo tienen proteínas llamadas antígenos del complejo mayor de histocompatibilidad (CMH), que protruyen desde su membrana plasmática hacia el espacio extracelular. Estos "marcadores de identidad de las células" son diferentes para cada persona (excepto para los gemelos idénticos). A pesar de que los glóbulos rojos poseen antígenos de los grupos sanguíneos, carecen de antígenos del CMH.

Funciones de los glóbulos blancos




En un cuerpo sano, algunos glóbulos blancos, especialmente los linfocitos, pueden vivir por varios meses o años, aunque la mayoría viven tan sólo unos pocos días. Durante un período de infección, los glóbulos blancos fagocíticos pueden pueden llegar a vivir apenas unas horas. Los glóbulos blancos son mucho menos numerosos que los glóbulos rojos; con solamente 5000-10000 células por microlitro de sangre, son superados por los segundos en relación 700:1. La Leucocitosis, el aumento de la cantidad de glóbulos blancos por encima de 10000 por cada microlitro de sangre, es una respuesta anormal y protectora a situaciones de estrés como la invasión por microbios, el ejercicio intenso, la anestesia y las intervenciones quirúrgicas. Un nivel anormalmente bajo de glóbulos blancos (menos de 5000 por cada microlitro de sangre) se denomina leucopenia. Ésta no es nunca beneficiosa y puede deberse a radiación, shock y ciertos agentes quimioterápicos.

La piel y las mucosas están expuestas permanentemente a los microbios y sus toxinas. Algunos de estos microbios pueden invadir tejidos más profundos y causar enfermedades. Una vez que los patógenos ingresaron al organismo, la función general de los glóbulos blancos es combatirlos a través de la fagocitosis o la respuesta inmunitaria. Para llevar a cabo estas tareas, muchos glóbulos blancos dejan la circulación y se acumulan en los sitios de invasión del patógeno o de inflamación. Cuando los granulocitos y los monocitos abandonan la circulación, nunca vuelven a ella. Los linfocitos, por el contrario, recirculan continuamente desde la sangre al espacio intersticial en los tejidos, de ahí a la circulación linfática y de vuelta a la sangre. Sólo el 2% de la población linfocitaria total circula por la sangre constantemente, el resto está en la linfa y en órganos como la piel, los pulmones, ganglios linfáticos y bazo.

Los glóbulos blancos dejan el lecho vascular por medio de un proceso llamado migración, antes llamado diapédesis, durante el cual ruedan a lo largo del endotelio, se adhieren a él, para después abrirse paso entre las células endoteliales. La señal precisa que estimula la migración a través de un vaso sanguíneo en particular varía para los diferentes tipos de glóbulos blancos. Moléculas conocidas como moléculas de adhesión ayudan a los glóbulos blancos a pegarse al endotelio. Por ejemplo, las células endoteliales exhiben moléculas de adhesión llamadas "selectinas" en respuesta al daño local o a la inflamación. Éstas se pegan a hidratos de carbono de la superficie de los neutrófilos, frenándolos y haciéndolos rodar a lo largo de la superficie endotelial. En la superficie del neutrófilo hay otras moléculas de adhesión llamadas "integrinas", que fijan los neutrófilos al endotelio y colaboran en su movimiento, a través de la pared del vaso, hacia el líquidos intersticial del tejido lesionado.



Los neutrófilos y macrófagos participan en la fagocitosis; pueden ingerir bacterias y desechos de materia inanimada. Diversas sustancias químicas liberadas por los microbios y tejidos inflamados atraen fagocitos, fenómeno llamado quimiotaxis. Entre las sustancias que estimulan la quimiotaxis se incluyen toxinas producidas por microbios, cininas, productos especializados de los tejidos dañados y ciertos factores estimulantes de colonias (CSF). Estos últimos también aumentan la actividad fagocítica de los neutrófilos y macrófagos.

En los glóbulos blancos, los neutrófilos son los que más rápido responden a la destrucción tisular por parte de bacterias. Tras englobar al patógeno durante la fagocitosis, el neutrófilo libera diversas sustancias químicas para destruirlo. Estas sustancias incluyen la enzima lisozima, que destruye ciertas bacterias, y fuertes oxidantes, como el anión superóxido (OCL-), similar a la lavandina de uso doméstico. Los neutrófilos también contienen defensinas, proteínas que exhiben un amplio tango de actividad antibiótica contra las bacterias y los hongos. En el neutrófilo, las vesículas que contienen defensinas se fusionan con los fagosomas que contienen a los microbios. Las defensinas forman péptidos que actúan como "lanzas" que perforan las membranas microbianas; la pérdida resultante del contenido celular mata al invasor.

Los monocitos tardan más que los neutrófilos en alcanzar el sitio de infección, pero lo hacen en cantidades mayores y destruyen más microbios. Una vez en el sitio, aumentan su tamaño y se diferencian a macrófagos circulantes, los cuales limpian los detritus celulares y microbios mediante fagocitosis tras una infección.



En los focos de inflamación, los basófilos dejan los capilares, entran a los tejidos, liberan gránulos que contienen heparina, histamina y serotonina. Estas sustancias intensifican la reacción y están implicadas en las reacciones de hipersensiilidad (alérgicas). La función de los basófilos es similar a la de los mastocitos, células del tejido conectivo originadas de células pluripotenciales en la médula ósea roja. Como los basófilos, los mastocitos liberan sustancias que intervienen en la inflamación, como heparina, histamina y proteasas. Están ampliamente distribuidos por el cuerpo, particularmente en los tejidos conectivos de la piel y membranas mucosas de los tractos respiratorio y digestivo.

Los eosinófilos dejan los capilares y entran al líquido tisular. Se cree que liberan enzimas, como histaminasa, que combate los efectos de la histamina y otras sustancias involucradas en la inflamación durante las reacciones alérgicas. También fagocitan complejos antígeno-anticuerpo y son efectivos ante ciertos agentes parasitarios. Un alto recuento de eosinófilos suele indicar estado alérgico, o una infección parasitaria.

Los linfocitos son los soldados destacados en las batallas del sistema inmunitario. Los tres tipos principales de linfocitos son las células B, las células T y las citolíticas naturales (natural killer o NK). Las células B son particularmente efectivas en la destrucción de bacterias e inactivación de sus toxinas. Las células T atacan virus, hongos, células trasplantadas, células cancerosas y algunas bacterias, y son responsables de las reacciones transfusionales, las reacciones alérgicas y el rechazo de órganos trasplantados. Las respuesta inmunitarias llevadas a cabo tanto por células B como por células T ayudan a combatir la infección y proveen protección contra ciertas enfermedades. Las células Nk atacan a una amplia variedad de microbios infecciosos y ciertas células tumorales de surgimiento espontáneo.

El aumento en el número de glóbulos blancos circulantes suele indicar inflamación o infección. Un médico puede ordenar un recuento diferencial de glóbulos blancos, recuento de cada uno de los cinco tipos de glóbulos blancos, para detectar infección o inflamación, determinar los efectos de una posible intoxicación por químicos o fármacos, evaluar afecciones hemáticas (leucemia, por ejemplo) y los efectos de la quimioterapia, o detectar reacciones alérgicas o infecciones parasitarias. Como cada tipo de célula sanguínea juega un papel diferente, determinar el porcentaje de cada uno en sangre contribuye al diagnóstico del trastorno.

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